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jueves, 4 de diciembre de 2014

Con su propio dinero

Las cosas pasan. Un niño de tres años y medio jugando con unas pinzas de cocina de madera de bambú como las de la foto, las rompe. Eso, simplemente, pasa.

En cualquier caso, ya va siendo edad de que aprenda que las cosas no son para romperlas, sobre todo si no son sus juguetes. Así que, tras lo inevitable, no reñimos al niño, sino que le explicamos que hay que comprar unas pinzas nuevas, pero que, como las otras las rompió él, las nuevas las compraría él, con su dinero.

Sí, el niño de tres años y medio tiene dinero propio, y sabe lo que es el dinero. En las raras ocasiones en que le vamos a dejar comer chuches no se las compramos, sino que le damos una moneda de cinco o diez céntimos y lo mandamos a él al mostrador a comprar una chuche. Le enseñamos que el dinero tiene valor, y que se usa para conseguir cosas que se quieren. O que se necesitan. De la misma manera cuando vamos a comprar con el niño le damos a él el dinero para que pague la gasolina, o la verdura, o el pan.

Cuando el niño pregunta por qué papi no está, o por qué mami no está, le decimos la verdad: porque ha ido a trabajar para ganar dinero, porque sin dinero no se pueden comprar chuches, ni leche para los biberones, ni queso para los espaguetis.

Y sí, como decía, el niño tiene dinero. Un enorme biberón de plástico transparente a modo de hucha lleno de monedas de algunos céntimos que su madre y yo vamos metiendo para quitar peso de la cartera. Y esas monedas son suyas, y a veces nos las pide para jugar. ¿Hay algo más divertido que jugar con monedas? Se pueden poner en torres, hacen un ruido distinto al del resto de los juguetes y son un montón.

Así que, tras las explicación mencionada arriba, el otro día fuimos con el niño a la tienda y compramos unas pinzas de bambú nuevas, pero no fuimos simplemente con nuestras carteras. Hicimos que el niño llevara su biberón con sus monedas, cogimos las pinzas, y a la hora de pagar, abrimos su biberón hucha y sacamos un montón de monedas. Entregamos a la dependienta las que correspondía, y metimos el resto de vuelta en el biberón hucha. Evidentemente esto no pasó sin lloros ni gritos, y la correspondiente dosis de amulamiento. Pero como padre, mi obligación es enseñar y educar a mi hijo. Y tengo que hacerle ver que, de la misma manera que siempre le ayudaré, el que la hace la paga, y que hay que responsabilizarse de lo que uno estropea y, en general, de lo que uno hace.

Volvimos a casa con un niño enfadado y unas pinzas de cocina de bambú que no usamos, pero con la tranquilidad de que, poco a poco, vamos criando un hombre de bien.

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