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jueves, 26 de febrero de 2009

El susto de la crisis-La crisis del susto

Todos sabemos, parece, que hay crisis. Lo dicen hasta en la sopa, y las carteras la están notando, así que incluso los que no prestan mucha atención a las noticias han notado que les sube la hipoteca.

Nos hemos pegado un susto, y la gente asustada deja de comprar.

Y ahí viene la otra parte del problema, la que lo convierte en un círculo vicioso del que salir va a ser más difícil que lo que el Gobierno quiere que creamos: cuando la gente no compra, los comercios dejan de ingresar dinero, y toda la gente que de una u otra manera vive de los comercios ve que sus salarios se reducen más, y se asustan más, y compran aún menos. Y del comercio, en realidad, vivimos todos: hasta los funcionarios, que cobran de los impuestos que pagamos todos, en particular los comercios.

Si no compramos, empeoraremos la crisis: la profundizaremos. Si compramos más de la cuenta, lo pasaremos peor ya que no lo podemos pagar, pero ayudaremos a que todo se solucione antes, lo que nos beneficiará a largo plazo. Pero, como decía, lo pasaremos peor, si es que lo pasamos.

¿Cuál es la solución a este dilema cruel?

Gastar más, sin tener dinero ahora. ¿Y cómo? A crédito. El dinero, en realidad, está barato. Ha estado peor: yo recuerdo hipotecas al diecisiete por ciento. Lo que está hundiendo a las familias no es la subida del tipo de interés en sus hipotecas, sino el capital al que esos tipos se aplican. La culpa no es del precio del dinero, sino del precio de la vivienda, que está excesivamente sobrevalorada.

Y ya lo sabíamos hace años, pero quienes podían arreglarlo nunca lo hicieron: era más lucrativo cobrar comisiones, recalificar suelos y construir sin tasa ni medida. No miro a nadie en particular (bueno, en realidad sí), lo hicimos todos.

Como decía, la solución es gastar a crédito. Pero no podemos: no nos dejan. Los bancos han cerrado el grifo. Tienen miedo. El dinero siempre tiene miedo, se dice. Tenemos la solución a la crisis, pero no la podemos aplicar porque los bancos no nos dejan. ¿Por qué?

Por miedo. Pero no por miedo a la crisis, aunque lo parezca. Quizá... por miedo a los morosos, causados por la subida de las hipotecas, causada por la subida de los precios de la vivienda, causada por la alegría con la que ellos mismos han dado hipotecas en las dos últimas décadas.

Quizá... Pero no sólo. También por el miedo que se tienen unos a otros, porque todos están enfangados con créditos incobrables: miles de créditos concedidos, cuando la economía iba bien, a gente que no tenía la seguridad de pagarlos, como las personas que cobraban el paro. O, sin ánimo de parecer racista, a inmigrantes de países pobres que tenían entonces trabajos precarios, y que ahora no tienen ninguno y, simplemente, no pagan y no hay nada que embargarles o se han mudado y no se les puede encontrar. Y los que estamos aquí tenemos que pagar nuestros créditos, y los de ellos.

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