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lunes, 26 de julio de 2010

La nariz de Missino

Missino nació bajo la higuera, en La Palma, donde lo recogimos con apenas días y lo llevamos a Tenerife, en una caja de cartón.

Vomitaba la leche que le dimos, de pura atrofia del estómago por el hambre, tan pequeñito. Pero se recuperó, y saltaba y corría por toda la casa, en Tenerife. Lo dejábamos escaparse, si quería, pero solía dormir conmigo. En lunas de celo, quizá pasaban dos o tres noches seguidas sin que volviera a casa, y luego lo veíamos llegar, sucio, flaco, magullado y arañado de gatunas peleas, pero con la satisfacción de haber cumplido.

Lo vigilábamos más justo antes de un viaje. Cuando nosotros íbamos a La Palma de vacaciones, él venía con nosotros, naturalmente, en su bolso de rafia forrado. Y los viajes en turbohélice no deben ser nada agradables para un gato. Alguna vez vomitó, incluso. Yo le tapaba las orejas con la mano para que no le retumbara demasiado el estruendo de la media hora de vuelo en aquellos ATR.

Cada vez que estábamos en La Palma, a quince o veinte metros de la higuera donde nació, se pasaba el día bajo la cama. Lo paseábamos, como a un perro, algunas veces al día para que hiciera sus necesidades en la huerta, atado con una soga muy larga, pero salvo esos ratos no salía de debajo de la cama.

Y al cabo de la semana, o de las dos semanas, otro viaje en turbohélice de vuelta a Tenerife. Pero esta vez algo cambiaba. En el momento de aterrizar en Los Rodeos y abrirse la puerta del avión, en el momento en que el aire de Tenerife, con su olor propio, inundaba la cabina, Missino sacaba la nariz del bolso y olisqueaba el aire, confirmando que habíamos llegado a destino, que aquél era el aire de casa.

El aire de Tenerife. El olor del hogar.

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